Sueños
Arturo se levantaba todas las mañanas a las siete en punto, dando siempre el mismo suspiro al apagar el despertador. Una vez reunidas las fuerzas necesarias para salir de la cama, se dirigía hacia el baño, donde cada día sostenía la mirada al rostro inexpresivo que encontraba al otro lado del espejo. Después se duchaba con el agua casi hirviendo, siempre a la misma temperatura. Al salir de la ducha se preparaba un café, al que echaba las dos cucharadas de azúcar estipuladas en la extraña ley que regía su cuadriculado cerebro.
Tras acabarse el café se marchaba a trabajar sin despedirse de nadie, porque no tenía a nadie de quien hacerlo. A las ocho, ni un minuto más ni uno menos, cogía el tren que le llevaba a su oficina en el mismo vagón que el día anterior y el anterior. Su trabajo no había cambiado prácticamente nada desde que llegó a la empresa bastantes años atrás, algo que por supuesto no le suponía ningún problema.
Cuando acababa la jornada laboral volvía de nuevo a casa. Nunca se quedaba a tomar algo con los compañeros o algún amigo, porque eso hubiera supuesto perder el tren que estaba “obligado” a coger. Sus compañeros de trabajo le agradecían este gesto, porque la idea de intimar con Arturo más allá de lo estrictamente necesario estaba lejos de ser una prioridad para ellos. Sus amigos… ojalá hubiera amigos.
Al llegar a casa se ponía a hacer la cena (siguiendo el menú previsto para ese día de la semana), y cuando terminaba de preparar todo, cenaba viendo el telediario, en el que curiosamente siempre aparecían las mismas noticias. Después de fregar los platos veía otro rato la televisión, riéndose siempre de los mismos chistes.
Para entonces ya eran las doce de la noche, hora en la que con escrupulosa puntualidad Arturo posaba su cabeza en la almohada. Al fin llegaba ese momento que tantas personas amamos. El momento de dormirse y empezar a soñar, de dejar vía libre a la imaginación y escapar de la rutina que inunda nuestras vidas.
Pero Arturo no era como las demás personas. Sus enfermizas costumbres lo tenían atrapado de tal forma, que no podía escapar de ellas ni durmiendo. Todas las noches tenía el mismo sueño. Un sueño largo y profundo que monopolizaba su descanso. Un sueño en el que no aparecían deseos hechos realidad ni mundos fantásticos, sino una mísera repetición de su vida. Un sueño en el que se levantaba a las siete de la mañana, dando el mismo suspiro de cada día al apagar el despertador, y en el que una vez reunidas las fuerzas necesarias para salir de la cama, se dirigía hacia el baño, donde sostenía la mirada al rostro inexpresivo que encontraba al otro lado del espejo. Un sueño, y esto es lo más triste de todo, en el que cuando ya había soñado todo su día, y a las doce le llegaba la hora de descansar, lo único que encontraba era el sonido del despertador.
Y entonces Arturo suspiraba, porque llevaba tanto tiempo encerrado entre vidas soñadas y sueños vividos, que había perdido la noción de lo que era real y lo que no. Aún así se resignaba, y lograba reunir las fuerzas necesarias para levantarse y mirarse en el espejo sin saber si él era más real que su imagen reflejada.
Pero tarde o temprano las pilas de se acaban, y los milagros suceden.
Así llegó una mañana en la que el despertador no sonó, y al fin pudo Arturo continuar su sueño más alla de lo que nunca había hecho, y no dejó escapar su oportunidad.
Soñó que despertaba a las doce de la mañana, y que sin esfuerzo alguno se levantaba de la cama y se dirigía hacia el baño, donde sonreía radiante al espejo. Soñó que se duchaba con el agua congelada, para sentirse más vivo, y que le echaba una cucharada más de azúcar al café, porque le apetecía endulzar su vida.
Soñó, que como hiciese lo que hiciese ya llegaba muy tarde al trabajo, dejaba el tren aparcado por un día y cogía el autobús para disfrutar del sol radiante. Soñó que al llegar a la oficina su jefe le echaba la bronca por llegar con retraso, pero que él le respondía diciéndole todas las cosas que se había callado durante tantos años, y que se marchaba de allí dando un portazo, con una sonrisa en la boca.
Soñó, que al haberse marchado del trabajo, tenía casi todo el día libre por delante, y que aún era pronto para largarse a casa a ver las mismas noticias y reirse de los mismos chistes. Soñó entonces que llamaba a Lucía, la única persona que alguna vez había intentado acercarse a él, aunque Arturo, cegado por sus rutinas, nunca lo supo valorar. Soñó que comía con Lucía, y que ella le decía que se alegraba mucho de verle tan cambiado y tan feliz. Soñó que iban juntos a dar una vuelta, y que Lucía lo besaba. Su primer beso.
Soñó, que después de tantos deseos cumplidos, necesitaba volar, volar alto hacia mundos fantásticos en los que gritar que por fin había comprendido lo maravillosa que es la vida.
Y mientras Arturo se precipitaba al vacío, no le importó que por primera vez algo le saliese mal en aquel inolvidable día, y que sus alas no funcionaran, porque no había nada que fuese capaz de empañar su primer sueño feliz. Su único sueño auténtico.
…que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.
De lo mejorcito que he leído en mucho tiempo…
Donde está la lista de espera para tu libro??
Ya te lo he dicho más de una vez, pero tus palabras valen oro.
Un besico Albert
irinoko, muchas gracias!
Mar, no creo que ocurra, pero si alguna vez escribo un libro, la primera copia irá para ti. Prometido. Y gracias :)
Me ha parecido un texto espléndido.
Saludos
No hay una palabra que pueda describir lo que has escrito, y no se si la habrá para decir lo que he sentido. Te dría algo asi como “solo te dire soberbio” pero creo que prefiero extenderme y añadir mi pequeño grano de arena.
No hay nada mejor que romper con una rutina, con una vida, o con un sueño que ha dejado de ser sueño.
Y cuando haces algo de esto, cuando por fin haces “algo” te das cuenta de la simplicidad de asomarte a una ventana, respirar y sonreir.
Gracias por escribir cosas de este tipo q llegan donde las palabras parece que no pueden llegar
Un saludito ;D
angeladini, muchas gracias por tus palabras, hay comentarios que también llegan hondo. Saludos.
Llego a tu blog porque últimamente tus tweets me dejan flipada y veo que cuando no te encorsetan los 140 caracteres eres todavía mejor.