albertpelias

Doce despropósitos para el nuevo año

Publicado en Personal, Reflexiones por albertpelias en 16/12/2009

Curarme las heridas, porque ya no soy adicto a tu dolor.

Aprender a cerrar la boca, para que el silencio tome la palabra.

Dejar de dar la cara, para que no tengas a tiro mi otra mejilla.

Tomar un nuevo camino, para no tropezar más en tu piedra.

No bailar con el fracaso, aunque se deje agarrar.

Reencontrar mi rumbo, para escapar de tu laberinto.

Romper con la debilidad, para no caer en tu tentación.

No soñar con imposibles, para vivir las realidades.

Contar alguna mentira, porque se me han acabado las verdades.

Quitarle lastre a mi memoria, porque pesa demasiado.

Perder el equipaje, porque ya no lo necesito.

Ser infeliz, para poder ser feliz de vez en cuando.


*Posología: Tómese uno con cada uva el 31 de Diciembre.

Un lienzo en blanco

Publicado en Cuentos, Reflexiones por albertpelias en 01/12/2009

Cuando somos niños, nos parece un milagro ver cómo desaparece sin dejar rastro una pompa de jabón que segundos antes flotaba sin un rumbo definido a nuestro alrededor. Durante la infancia todo nos asombra, todo es nuevo. Desconocemos los mecanismos que controlan casi todo los que nos rodea, y por eso disfrutamos. En esos momentos el mundo es para nosotros un inmenso espectáculo de magia.

Pero poco a poco, los magos, disfrazados de padres, maestros o amigos, comienzan a explicarnos los trucos que envuelven la realidad. En un primer momento nos llevamos una gran alegría, porque aquello que tanto nos intrigaba ya no resulta opaco a nuestra razón. Nos enorgullecemos de haber descubierto el misterio. Sin embargo, un tiempo después nos damos cuenta de que los trucos cuando se explican pierden la gracia, y lo que antes nos entusiasmaba deja de repente de interesarnos.

Según pasan los años nuestra capacidad de fascinarnos va disminuyendo al mismo ritmo que van aumentando nuestros conocimientos y evaporándose nuestra inocencia. Llega un momento en el que creemos estar en posesión de la verdad absoluta, y pensamos que no existe nada en el mundo capaz de descolocarnos y dejarnos con la boca abierta.

Una vez alcanzado este punto, muchas personas no son capaces de volver atrás, y pasan el resto de sus vidas sentadas en sus inamovibles tronos de sabiduría. Pero hay otras que se niegan a perder esos pequeños instantes de sorpresa ante algo nuevo e inesperado, porque piensan que la alegría y las ganas de vivir nacen de la inocencia y la curiosidad por llegar donde nunca antes se ha estado. Piensan que quizá es hora de replantearse si todo lo que creen saber es la Verdad, y si aquellos que les destriparon los entresijos de la naturaleza y los sentimientos eran realmente magos o sólo unos impostores.

Es entonces cuando los afortunados que eligen este camino, comienzan a redescubrir su vida y a formarse una nueva imagen del mundo, de SU mundo. Un mundo al que sólo se puede llegar cuando derribas el muro de los prejuicios. Y esa nueva imagen no les hace sentirse vacíos, como les ocurría antes, porque no la han construido a partir de fragmentos remendados e inconexos heredados de generación en generación, sino que la han pintado ellos mismos en un lienzo en blanco.

A partir de ese momento, el lienzo se irá llenando progresivamente de los colores que verdaderamente se identifican con el universo personal de su autor. Colores vivos unas veces, apagados otras, pero siempre suyos. Los pintores de realidades nunca dejan de ser felices, porque cada día, cada minuto, cada segundo, descubren una nueva pompa de jabón que quieren dibujar en su lienzo antes de que desaparezca y les deje con la boca abierta.

Hoy quiero ser pintor.

Sueños

Publicado en Cuentos, Reflexiones por albertpelias en 20/10/2009

Arturo se levantaba todas las mañanas a las siete en punto, dando siempre el mismo suspiro al apagar el despertador. Una vez reunidas las fuerzas necesarias para salir de la cama, se dirigía hacia el baño, donde cada día sostenía la mirada al rostro inexpresivo que encontraba al otro lado del espejo. Después se duchaba con el agua casi hirviendo, siempre a la misma temperatura. Al salir de la ducha se preparaba un café, al que echaba las dos cucharadas de azúcar estipuladas en la extraña ley que regía su cuadriculado cerebro.

Tras acabarse el café  se marchaba a trabajar sin despedirse de nadie, porque no tenía a nadie de quien hacerlo. A las ocho, ni un minuto más ni uno menos, cogía el tren que le llevaba a su oficina en el mismo vagón que el día anterior y el anterior. Su trabajo no había cambiado prácticamente nada desde que llegó a la empresa bastantes años atrás,  algo que por supuesto no le suponía ningún problema.

Cuando acababa la jornada laboral volvía de nuevo a casa. Nunca se quedaba a tomar algo con los compañeros o algún amigo, porque eso hubiera supuesto perder el tren que estaba “obligado” a coger. Sus compañeros de trabajo le agradecían este gesto, porque la idea de intimar con Arturo más allá de lo estrictamente necesario estaba lejos de ser una prioridad para ellos. Sus amigos… ojalá hubiera amigos.

Al llegar a casa se ponía a hacer la cena (siguiendo el menú previsto para ese día de la semana), y cuando terminaba de preparar todo, cenaba viendo el telediario, en el que curiosamente siempre aparecían las mismas noticias. Después de fregar los platos veía otro rato la televisión, riéndose siempre de los mismos chistes.

Para entonces ya eran las doce de la noche, hora en la que con escrupulosa puntualidad Arturo posaba su cabeza en la almohada. Al fin llegaba ese momento que tantas personas amamos. El momento de dormirse y empezar a soñar, de dejar vía libre a la imaginación y escapar de la rutina que inunda nuestras vidas.

Pero Arturo no era como las demás personas. Sus enfermizas costumbres lo tenían atrapado de tal forma, que no podía escapar de ellas ni durmiendo. Todas las noches tenía el mismo sueño. Un sueño largo y profundo que monopolizaba su descanso. Un sueño en el que no aparecían deseos hechos realidad ni mundos fantásticos, sino una mísera repetición de su vida. Un sueño en el que se levantaba a las siete de la mañana, dando el mismo suspiro de cada día al apagar el despertador, y en el que una vez reunidas las fuerzas  necesarias  para salir de la cama, se dirigía hacia el baño, donde sostenía la mirada al rostro inexpresivo que encontraba al otro lado del espejo. Un sueño, y esto es lo más triste de todo, en el que cuando ya había soñado todo su día, y a las doce le llegaba la hora de descansar, lo único que encontraba era el sonido del despertador.

Y entonces Arturo suspiraba, porque llevaba tanto tiempo encerrado entre vidas soñadas y sueños vividos, que había perdido la noción de lo que era real y lo que no. Aún así se resignaba, y lograba reunir las fuerzas necesarias para levantarse y mirarse en el espejo sin saber si él era más real que su imagen reflejada.

Pero tarde o temprano las pilas de se acaban, y los milagros suceden.

Así llegó una mañana en la que el despertador no sonó, y al fin pudo Arturo continuar su sueño más alla de lo que nunca había hecho, y no dejó escapar su oportunidad.

Soñó que despertaba a las doce de la mañana, y que sin esfuerzo alguno se levantaba de la cama y se dirigía hacia el baño, donde sonreía radiante al espejo. Soñó que se duchaba con el agua congelada, para sentirse más vivo, y que le echaba una cucharada más de azúcar al café, porque le apetecía endulzar su vida.

Soñó, que como hiciese lo que hiciese ya llegaba muy tarde al trabajo, dejaba el tren aparcado por un día y cogía el autobús para disfrutar del sol radiante. Soñó que al llegar a la oficina su jefe le echaba la bronca por llegar con retraso, pero que él le respondía diciéndole todas las cosas que se había callado durante tantos años, y que se marchaba de allí dando un portazo, con una sonrisa en la boca.

Soñó, que al haberse marchado del trabajo, tenía casi todo el día libre por delante, y que aún era pronto para largarse a casa a ver las mismas noticias y reirse de los mismos chistes. Soñó entonces que llamaba a Lucía, la única persona que alguna vez había intentado acercarse a él, aunque Arturo, cegado por sus rutinas, nunca lo supo valorar. Soñó que comía con Lucía, y que ella le decía que se alegraba mucho de verle tan cambiado y tan feliz. Soñó que iban juntos a dar una vuelta, y que Lucía lo besaba. Su primer beso.

Soñó, que después de tantos deseos cumplidos, necesitaba volar, volar alto hacia mundos fantásticos en los que gritar que por fin había comprendido lo maravillosa que es la vida.

Y mientras Arturo se precipitaba al vacío, no le importó que por primera vez algo le saliese mal en aquel inolvidable día, y que sus alas no funcionaran, porque no había nada que fuese capaz de empañar su primer sueño feliz. Su único sueño auténtico.

…que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

Reflexiones porteriles. Sobre Amparo, la muerte y el olvido

Publicado en Personal, Reflexiones por albertpelias en 09/09/2009

Amparo es una mujer a la que calculo más de setenta años. Siempre va vestida con bata, incluso cuando sale a la calle. Su aspecto es algo que dejó de preocuparle hace mucho tiempo. Tiene el pelo descuidado y le falta algún diente. Debe ser que cuando tus únicos lugares de paso son el mercado y el estanco donde cada día vas a comprar una cajetilla de tabaco, pierdes la necesidad de prestarle atención a tu imagen. Pese a que su delgadez le haga parecer frágil, todavía se mueve con agilidad, aunque le tiemblan bastante las manos y las pasa canutas cuando quiere encenderse un cigarro.

Seguramente esta descripción podría ajustarse a millones de ancianas en todo el mundo. Esas ancianas a las que casi no presto atención cuando voy por la calle. No sé si a alguien más le ocurrirá lo mismo, pero yo cuando estoy dando una vuelta, o viajando en el Metro, o sentado en un banco, hago de todo menos fijarme en las personas mayores. Es como si tuviese un filtro que los hiciese desaparecer de mi campo de visión. De repente pasan a ser fantasmas que no quieren revelar su presencia a mis ojos. Escucho música, hablo por el móvil, admiro el culo de alguna chica guapa, pero no miro viejos. Así de cruel soy. Supongo que será algo que se me pase con el tiempo.

¿Qué es lo que me ha llevado entonces a fijarme con tanto detalle en Amparo, cuando aparentemente estamos en planetas tan distantes?

Ocurre que a veces, planetas que la mayoría del tiempo se encuentran separados por millones de kilómetros, casi se rozan por un instante, para luego volver a alejarse el uno del otro. Después, tienen que esperar a que las caprichosas órbitas les proporcionen una nueva cita quién sabe cuándo. Pues bien, mi órbita y la de Amparo han tenido uno de esos breves encuentros.

Durante el mes de Agosto he trabajado en una portería en el centro de Madrid, y ella es una de las vecinas del edificio en el que trabajaba. Es un edificio viejo, que huele a viejo, y en el que la mayoría de los vecinos, para no desentonar, también son viejos. Se podría decir que es un lugar en el que parece que el tiempo se detuvo hace cuarenta años.

Por este motivo, cada día he tenido conversaciones con todo tipo de ancianos: abuelitos simpáticos, viejos cascarrabias, viejecitas sonrientes.  Me he visto obligado a descorrer temporalmente esa cortina anti-vejez que llevo siempre conmigo.

Y ha sido este mes, en el momento en el que he abierto mi campo de visión y al fin he OBSERVADO a esas personas que normalmente pasan totalmente desapercibidas ante mí, cuando he descubierto a Amparo.

Amparo es especial, pero para descubrirlo hay que mirarle a los ojos. La primera mañana que la vi, sonrió dándome los buenos días y siguió su camino. Un saludo normal, sin embargo había algo en su sonrisa que no me terminaba de encajar (y no, no eran los dientes que le faltan). Después de un par de días en los que repitió la liturgia de sonrisa, saludo y continuar su camino, me di cuenta que la pieza que no encajaba en el puzzle era su mirada. Había una tristeza infinita en sus ojos. No se puede explicar con palabras, es algo que se percibe cuando tus ojos se clavan en los suyos. Entonces VES la tristeza. Está ahí, y es real y profunda.

Coincidiendo con esta “revelación” de su mirada, Amparo comenzó a tratarme con más confianza, como si fuese consciente de que había descubierto su secreto. Desde entonces empezamos a conversar con cierta frecuencia, cada vez que ella tenía que bajar a la calle a hacer algo. No teníamos las típicas conversaciones en las que el abuelillo intenta llevarte a un terreno en el que poder contarte su vida, sino conversaciones divertidas, con bromas constantes. Y me reía, me reía sinceramente, no para complacer. Y ella también se reía, pero no como los dos primeros días, sino con los ojos acompañando a  su sonrisa.

Creo que me convertí en una vía de escape para ella. Sin embargo nunca quería hablar de sí misma, siempre era ella la que me preguntaba cosas a mí. Mis estudios, mis amoríos, mi familia. Pero poco a poco yo también fui atando cabos aquí y allá sobre su vida, y llegué a la conclusión de que la tristeza de su mirada la ha dibujado la soledad. Una soledad que a mí me mataría.

Amparo vive sola, y no tiene hijos. Desconozco si es viuda, divorciada, o nunca llegó a casarse. Tampoco sé si recibe visitas de algún familiar, pero tengo la intuición de que no. Desde luego en los días que estuve por allí no apareció nadie.

Un día le ayudé a subir unas bolsas de la compra a su casa.  Realmente podía subirlas ella sola, pero a mi me daba la impresión de que sus huesudos brazos podían partirse en cualquier momento, así que insistí y se las subí.

Cuando llegamos a su piso (vive en el 3º), me encontré con una casa sucia y con mal olor. No con basura acumulada ni nada de eso, pero sí con un aspecto de cierto abandono. No podía esperar otra cosa, su casa y ella son dos caras de la misma moneda. Dejé las bolsas en la cocina y rechacé un euro que  me quiso dar por la ayuda. No pude hacer los mismo con un bollo que me ofreció, porque hubiese sido capaz de darme con una barra de pan en la cabeza (realmente me amenazó barra en mano). Me comí el bollo sin rechistar y me marché.

Al sentarme de nuevo en la portería, empecé a reflexionar acerca de Amparo, su mirada, su historia (que desconozco casi por completo), y de cómo su planeta y el mío se acercaron gracias a una cadena de casualidades que no impedirán que vuelvan a alejarse. Probablemente nunca la vuelva a ver. No quiero engañar a nadie con este post. No soy ninguna ONG, ni tengo ningún tipo de motivación altruista que me vaya a hacer regresar por allí para ver cómo se encuentra, ni nada por el estilo.

Pero es precisamente esta convicción de que no la voy a volver a ver, de que la voy a “abandonar”, lo que me hace preguntarme qué será del futuro de Amparo. Probablemente morirá sola dentro de unos pocos años. No tengo ningún sentimiento de culpa por ello, pero sí miedo.

Miedo por lo que ocurrirá cuando yo empiece a ser una persona como ella, de esas a las que ahora no presto atención en el Metro.

La vida es como una serie de televisión en la que al nacer te dan el papel protagonista, que logras mantener con esfuerzo durante algunos años. Pero en un momento dado te das cuenta de que has empezado a aburrir a la audiencia, y que te has convertido en un mero figurante. Sin embargo, tú nunca dejas de ser el protagonista de tu propia historia, y debe doler mucho ver cómo ésta ha dejado de interesar a los demás.

No sé si podré soportar con serenidad la idea de que cuando yo muera, el resto de la humanidad proseguirá su camino sin que sus vidas se alteren lo más mínimo, y sin que yo pueda estar ahí para echarle la bronca a todo el mundo por ello. Y peor aún, no sé si soportaría que esa misma dejadez se produjese cuando todavía esté vivo, y ver con impotencia como no tengo nadie cerca a quien echarle esa bronca.

Puede parecer un punto de vista egocéntrico, pero es que en definitiva, yo soy el centro de mi vida. Hay quien dice que el centro de su vida no es él mismo, sino sus hijos, su mujer, o su perro. Es un engaño, el centro de tu vida eres tú. Todo tu mundo se desarrolla en tu conciencia, y tu conciencia eres TÚ. TU esposa, TUS hijos, TU perro. Todo lo posicionas en relación a ti.

Puede que yo no muera solo, como Amparo. Es probable que durante mi vida forme una familia, que sea muy feliz junto a ellos, y que me vea rodeado de hijos y nietos en mis últimos momentos, pero el resultado será el mismo. Mi conciencia se apagará, y la suya seguirá encendida. Así ha sido siempre, y así seguirá siendo. Es algo inevitable, pero me cuesta resignarme. La muerte todavía me queda grande.

La música de House M.D.

Publicado en Música por albertpelias en 02/07/2009

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House es una de mis series preferidas. La he seguido fielmente desde la primera temporada, primero en Cuatro y luego por descargas. Me parece que es la serie actual con mejores diálogos (con el nivel que tienen ahora mismo las series estadounidenses e inglesas eso es decir mucho). Además, el personaje del Dr. House es brillante y va a pasar a la historia de la televisión.

Aparte de los diálogos y los personajes, uno de los aspectos que más me gusta de la serie es su música, y especialmente las canciones que en muchas ocasiones acompañan las escenas finales de los episodios, y que siempre logran atraparme. Por eso he decidido hacer una recopilación con todos esos temas que han cerrado los capítulos de House a lo largo de sus cinco seis temporadas. Espero que los disfrutéis tanto como yo.


[Enlace a la lista completa de Spotify con todas las canciones disponibles]

(más…)

Parece que fue ayer…

Publicado en Personal, Reflexiones por albertpelias en 06/04/2009

…cuando los Reyes eran Magos.

…cuando la felicidad tenía forma de cromo.

…cuando un problema era no hacer los deberes.

…cuando mis padres no tenían defectos.

…cuando jugaba con chapas, no con sentimientos.

…cuando los cuentos eran de Caperucita.

…cuando el amor no tenía postdatas.

…cuando no conocía la melancolía.

…cuando mis amigos no tenían excusas.

…cuando no había roto nunca un plato.

…cuando no existía el pasado, y el futuro era mañana.

…cuando todas mis cartas eran comodines.

…cuando vivir no era una carrera de obstáculos.

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Nunca digas nunca jamás…

Publicado en Personal por albertpelias en 11/03/2009

· Nunca jamás me acostaré a la hora prevista. Si me quiero acostar las 12 de la noche, lo más probable es que acabe en la cama a la 1, entretenido en internet o viendo una serie. Luego, a la mañana siguiente me levanto reventado, y me prometo que ese día me tengo que acostar más temprano, pero por la noche vuelvo a caer en la misma trampa. Es un bucle que se repite a diario.

· Nunca jamás escribiré en mi blog sobre “la muerte de la blogosfera”, el iPhone, emprendedores que no emprenden nada y demás chorripolladas dospuntoceristas.

· Nunca jamás traeré al mundo una “MoReNiKaH_ReShUlOnA” o un “NiNiOh_gUaPeTóN”.  Si alguna vez decido ser padre (o me encuentro con el pastel) mis hijos serán personas, y no pseudoseres de gorras aerodinámicas y pendientes imposibles, que “amenicen” el trayecto en el transporte público al resto de la ciudadanía con los hits de sus móviles.

· Nunca jamás veré terminar una película de las 16.00 de Antena3 en fin de semana. Mira que lo he intentado, pero parece que grandes éxitos del tipo “Seducción Asesina II” o “La trágica muerte del niño enfermo terminal”, no consiguen engancharme.

· Nunca jamás usaré la escobilla del váter. Lo siento por Al Gore, si es necesario vacío el Amazonas tirando de la cadena, pero a ese nido de bacterias yo no me acerco en mi puñetera vida. Es un elemento doméstico que debería ser erradicado de la faz de la Tierra,  junto con los tapetes que se ponen encima de la tele y las fotos de las bodas, bautizos y comuniones de toda la familia.

… ¿continuará?

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Tijeras y lágrimas

Publicado en Personal, Reflexiones por albertpelias en 26/02/2009

Crisis, la puta crisis. Crisis en la televisión, crisis en los periódicos, crisis en nuestra cabeza y en nuestra boca. Crisis y más crisis.

De un tiempo a esta parte es sin duda mi palabra más odiada.

Y entonces mi hermana llega de trabajar. Veo que tiene muy mala cara. Le pregunto si le pasa algo, y me dice que hoy ha tenido que comunicarle su despido a unos quince empleados. Trabaja en el departamento de Recursos Humanos de una empresa bastante grande que se dedica al desarrollo de software,  que ha empezado a hacer recortes de personal. Recortes obligados en algunos casos, y aprovechando la coyuntura en muchos otros. Es ella quien tiene que sacar las tijeras para recortar, aunque quienes las manejen sean otros. En el suelo quedan recortes de personas con familias, con deudas, y con un futuro oscuro.

Y mi hermana empieza a llorar. Y yo me cago en la crisis.

Felicidades, Joaquín

Publicado en Música por albertpelias en 12/02/2009

joaquinsabinaAhora que llegas a tus ciencuenta y diez (cincuenta y nueve dicen que aparentas), ha llegado la hora de darte las gracias por todos los momentos de mi vida en los que me has guiado como fiel camarada. Porque aunque nunca he  viajado contigo en viejos trenes que iban hacia el norte, sí que he visitado a menudo la Calle Melancolía, me he tomado unas cañas en la Posada del Fracaso y he dado unas cuantas vueltas por el Bulevar de los Sueños Rotos.

También he tenido una amante que se llama Soledad, me han dado besos de Judas, en la frente, y con sal. He escrito Tratados de Impaciencia y me han robado el mes de Abril.

Pero a pesar de esas duras situaciones, me has enseñado que nunca hay que recurrir a las pastillas para no soñar. Y es que después del fracaso, la soledad y la sal, siempre llega el momento de bailar el Roncarol de los Idiotas y calentarse piel con piel a la orilla de la chimenea. Por eso…

Cuando la muerte venga a visitarte

no seas cabrón y acuérdate de mí

ya no tendré en quien refugiarme

pongamos que hablo de Joaquín.

·

(Joaquín Sabina, el genio de Úbeda, cumple hoy 60 años. )


Egoísmo

Publicado en Personal, Reflexiones por albertpelias en 10/02/2009

Me siento bien cuando hago sentirse bien a los demás. Sin embargo, soy consciente de que a veces ayudo a sentirse bien a la gente únicamente por hacerme sentir bien a mí mismo, y no a ellos. Y eso me hace sentir fatal.

Entonces me digo: “Vale, no eres tan malo. Por lo menos te arrepientes”. Pero luego me doy cuenta de que en realidad no estoy arrepintiéndome, sino autocompadeciéndome para seguir sintiéndome bien. Y es en ese preciso momento, cuando puedo mirarme cara a cara y decirme: “Qué cabrón eres”.

Después, escribo una entrada en mi blog para autocompadecerme de nuevo, y volver a decirme: “Vale, no eres tan malo”. Pero no sirve de nada, ahora que tú y yo ya sabemos que soy un cabrón.

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