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Relatividad

Que el tiempo no es inmutable, sino relativo a cada cuerpo y su velocidad en el espacio, es algo que sólo sabemos desde hace poco más de un siglo, gracias a aquel simpático alemán que tuvo algún que otro día inspirado. Bueno, parece ser que en realidad no era tan simpático, pero eso no resta mérito a la revelación que hizo a la humanidad. No es fácil convencer al mundo entero de la veracidad de una teoría que topa de frente con la intuición. De hecho, creo que la mayoría de personas todavía no comprendemos ni una pequeña parte de todo lo que esa idea implica.

Hablar del tiempo siempre ha resultado algo muy complejo (excepto si te encuentras en un ascensor). Miles de filósofos y físicos llevan siglos discutiendo acerca de su naturaleza, y lo cierto es que aún hoy no lo tienen nada claro. Incluso hay quien piensa que el tiempo realmente no existe, y que es sólo una percepción que emerge de una realidad más fundamental, realidad que por supuesto tampoco conocemos.

Si tanta gente ha sido incapaz de llegar a una conclusión, no voy a ser yo el que trate de encontrarla, dejemos que los científicos sigan entretenidos. De lo que quiero hablar no es de la relatividad física del tiempo, sino de su subjetividad psicológica. Comparar ambos conceptos no es ninguna novedad, de hecho el propio Einstein lo hizo en su momento:

“Cuando un hombre se sienta con una chica bonita durante una hora, parece que fuese un minuto. Pero déjalo que se siente en una estufa caliente durante un minuto y le parecerá más de una hora. Eso es relatividad”

Todos hemos experimentado infinitas veces algo parecido a estas palabras de Einstein. Desde nuestro punto de vista, el tiempo pasa mucho más deprisa cuando estamos disfrutando, que cuando nos encontramos sumidos en el aburrimiento o la angustia. Por lo general, nuestro cerebro “acelera” el tiempo cuando es estimulado por sentimientos positivos y lo “decelera” ante sentimientos negativos. Hasta el lenguaje incide en ello, y por eso cuando notamos que las horas no avanzan, decimos que necesitamos matar el tiempo, como si en ese momento no nos sirviese para nada y nos lo quisiéramos quitar de encima.

Estamos tan habituados a que nuestra mente funcione de esta forma, que resulta interesante plantearse cómo serían nuestras vidas si el cerebro actuase de forma inversa, es decir, ralentizando el tiempo cuando se enfrenta a sentimientos positivos e incrementado su velocidad en los momentos de negatividad.  Sería genial manejar nuestra vida como si de un DVD se tratara, poniéndola a cámara lenta en nuestros momentos de gloria y acelerándola a toda prisa en nuestras horas más bajas.

Por desgracia, todas estas suposiciones son una quimera. Está claro que los seres humanos somos seres imperfectos, pero quiero pensar que en el fondo nuestro cerebro no es tan cabrón y funciona así por algún motivo. Heidegger decía que el tiempo es la categoría básica de la existencia, y quizá percibirlo de la forma en que lo hacemos sea lo que nos impulsa a avanzar en nuestras vidas. Para crecer necesitamos avanzar, y por ello no podemos quedarnos atrapados en un momento concreto de nuestra existencia, por muy feliz que sea, sino que tenemos que perseguir un nuevo pequeño instante de felicidad caminando a través del desierto de la monotonía. Una vez alcanzado ese instante, y sin tiempo casi para paladearlo, ya estaremos en búsqueda del siguiente. Y así eternamente, hasta que nuestro cuerpo se consuma. En eso consiste vivir.

Pero si pudieramos estirar como un chicle la percepción de nuestros instantes felices, ¿quién no iba a tener la tentación de dilatar una sonrisa, una mirada, o un beso, hasta hacerlos eternos?

La valentía del volantazo

Miro por la ventanilla. Todavía debe quedar más de una hora para llegar a Madrid. Vuelvo a casa siguiendo el camino que impone la carretera, a la velocidad que obligan a mantener las leyes de tráfico, acompañando a otros miles de vehículos que realizan el mismo viaje que yo a la maldita realidad de lo cotidiano.

Todos viajamos juntos, pero cada conductor va pensando en sus cosas: en la pereza que le da volver a trabajar, en que estas navidades ha gastado demasiado dinero. Podemos evadirnos de esta forma porque encontrar el camino a casa no es una preocupación, sólo hay que seguir el GPS o los carteles que inundan la carretera y esperar a que los kilómetros vayan pasando.

En mi día a día también estoy en permanente búsqueda de carreteras señalizadas que guíen hasta mi destino, que no es ninguna ciudad, sino el futuro. Carreteras que me permitan escapar de las decisiones y las responsabilidades y que me conduzcan por la tranquilidad de la inercia. Sin embargo, cuando circulo por ellas tengo que pagar el peaje de seguir la senda que me marcan, y no debo superar el límite de velocidad siendo demasiado feliz, porque tendría que pagar más multas de las que puedo asumir.

Sólo los auténticos valientes son capaces de escapar del asfalto y adentrarse en territorios inexplorados, de abrir caminos que más tarde los mediocres nos encargaremos de recorrer varios pasos por detrás de los héroes exploradores. Todo por nuestra adicción a la seguridad. La seguridad, qué gran enemigo. No es más que un espejismo, un muro de cristal que frena nuestros ya de por sí escasos deseos de arriesgar. Lo peor es que en el fondo nos dejamos engañar porque no tenemos las narices suficientes para afrontarlo y romper esa pared, tomando así las riendas de nuestras acciones y asumiendo sus consecuencias con todo lo bueno y malo que eso conlleva.

No hay día en el que no me tire de los pelos por ser uno de esos mediocres. Por no ser capaz de exprimir la vida mientras se me escapa segundo a segundo. En definitiva, por no ser lo suficientemente valiente para pegar un volantazo y perderme, porque perderse es el mejor camino para encontrarse, aunque se corra el riesgo de estrellarse por el camino.

Y vuelvo a mirar por la ventanilla. Ya casi estoy en casa, donde he llegado siguiendo el camino que impone la carretera, a la velocidad que obligan a mantener las leyes de tráfico, acompañando a otros miles de vehículos que realizan el mismo viaje que yo a la maldita realidad de lo cotidiano…

Un lienzo en blanco

Cuando somos niños, nos parece un milagro ver cómo desaparece sin dejar rastro una pompa de jabón que segundos antes flotaba sin un rumbo definido a nuestro alrededor. Durante la infancia todo nos asombra, todo es nuevo. Desconocemos los mecanismos que controlan casi todo los que nos rodea, y por eso disfrutamos. En esos momentos el mundo es para nosotros un inmenso espectáculo de magia.

Pero poco a poco, los magos, disfrazados de padres, maestros o amigos, comienzan a explicarnos los trucos que envuelven la realidad. En un primer momento nos llevamos una gran alegría, porque aquello que tanto nos intrigaba ya no resulta opaco a nuestra razón. Nos enorgullecemos de haber descubierto el misterio. Sin embargo, un tiempo después nos damos cuenta de que los trucos cuando se explican pierden la gracia, y lo que antes nos entusiasmaba deja de repente de interesarnos.

Según pasan los años nuestra capacidad de fascinarnos va disminuyendo al mismo ritmo que van aumentando nuestros conocimientos y evaporándose nuestra inocencia. Llega un momento en el que creemos estar en posesión de la verdad absoluta, y pensamos que no existe nada en el mundo capaz de descolocarnos y dejarnos con la boca abierta.

Una vez alcanzado este punto, muchas personas no son capaces de volver atrás, y pasan el resto de sus vidas sentadas en sus inamovibles tronos de sabiduría. Pero hay otras que se niegan a perder esos pequeños instantes de sorpresa ante algo nuevo e inesperado, porque piensan que la alegría y las ganas de vivir nacen de la inocencia y la curiosidad por llegar donde nunca antes se ha estado. Piensan que quizá es hora de replantearse si todo lo que creen saber es la Verdad, y si aquellos que les destriparon los entresijos de la naturaleza y los sentimientos eran realmente magos o sólo unos impostores.

Es entonces cuando los afortunados que eligen este camino, comienzan a redescubrir su vida y a formarse una nueva imagen del mundo, de SU mundo. Un mundo al que sólo se puede llegar cuando derribas el muro de los prejuicios. Y esa nueva imagen no les hace sentirse vacíos, como les ocurría antes, porque no la han construido a partir de fragmentos remendados e inconexos heredados de generación en generación, sino que la han pintado ellos mismos en un lienzo en blanco.

A partir de ese momento, el lienzo se irá llenando progresivamente de los colores que verdaderamente se identifican con el universo personal de su autor. Colores vivos unas veces, apagados otras, pero siempre suyos. Los pintores de realidades nunca dejan de ser felices, porque cada día, cada minuto, cada segundo, descubren una nueva pompa de jabón que quieren dibujar en su lienzo antes de que desaparezca y les deje con la boca abierta.

Hoy quiero ser pintor.

Sueños

Arturo se levantaba todas las mañanas a las siete en punto, dando siempre el mismo suspiro al apagar el despertador. Una vez reunidas las fuerzas necesarias para salir de la cama, se dirigía hacia el baño, donde cada día sostenía la mirada al rostro inexpresivo que encontraba al otro lado del espejo. Después se duchaba con el agua casi hirviendo, siempre a la misma temperatura. Al salir de la ducha se preparaba un café, al que echaba las dos cucharadas de azúcar estipuladas en la extraña ley que regía su cuadriculado cerebro.

Tras acabarse el café  se marchaba a trabajar sin despedirse de nadie, porque no tenía a nadie de quien hacerlo. A las ocho, ni un minuto más ni uno menos, cogía el tren que le llevaba a su oficina en el mismo vagón que el día anterior y el anterior. Su trabajo no había cambiado prácticamente nada desde que llegó a la empresa bastantes años atrás,  algo que por supuesto no le suponía ningún problema.

Cuando acababa la jornada laboral volvía de nuevo a casa. Nunca se quedaba a tomar algo con los compañeros o algún amigo, porque eso hubiera supuesto perder el tren que estaba “obligado” a coger. Sus compañeros de trabajo le agradecían este gesto, porque la idea de intimar con Arturo más allá de lo estrictamente necesario estaba lejos de ser una prioridad para ellos. Sus amigos… ojalá hubiera amigos.

Al llegar a casa se ponía a hacer la cena (siguiendo el menú previsto para ese día de la semana), y cuando terminaba de preparar todo, cenaba viendo el telediario, en el que curiosamente siempre aparecían las mismas noticias. Después de fregar los platos veía otro rato la televisión, riéndose siempre de los mismos chistes.

Para entonces ya eran las doce de la noche, hora en la que con escrupulosa puntualidad Arturo posaba su cabeza en la almohada. Al fin llegaba ese momento que tantas personas amamos. El momento de dormirse y empezar a soñar, de dejar vía libre a la imaginación y escapar de la rutina que inunda nuestras vidas.

Pero Arturo no era como las demás personas. Sus enfermizas costumbres lo tenían atrapado de tal forma, que no podía escapar de ellas ni durmiendo. Todas las noches tenía el mismo sueño. Un sueño largo y profundo que monopolizaba su descanso. Un sueño en el que no aparecían deseos hechos realidad ni mundos fantásticos, sino una mísera repetición de su vida. Un sueño en el que se levantaba a las siete de la mañana, dando el mismo suspiro de cada día al apagar el despertador, y en el que una vez reunidas las fuerzas  necesarias  para salir de la cama, se dirigía hacia el baño, donde sostenía la mirada al rostro inexpresivo que encontraba al otro lado del espejo. Un sueño, y esto es lo más triste de todo, en el que cuando ya había soñado todo su día, y a las doce le llegaba la hora de descansar, lo único que encontraba era el sonido del despertador.

Y entonces Arturo suspiraba, porque llevaba tanto tiempo encerrado entre vidas soñadas y sueños vividos, que había perdido la noción de lo que era real y lo que no. Aún así se resignaba, y lograba reunir las fuerzas necesarias para levantarse y mirarse en el espejo sin saber si él era más real que su imagen reflejada.

Pero tarde o temprano las pilas de se acaban, y los milagros suceden.

Así llegó una mañana en la que el despertador no sonó, y al fin pudo Arturo continuar su sueño más alla de lo que nunca había hecho, y no dejó escapar su oportunidad.

Soñó que despertaba a las doce de la mañana, y que sin esfuerzo alguno se levantaba de la cama y se dirigía hacia el baño, donde sonreía radiante al espejo. Soñó que se duchaba con el agua congelada, para sentirse más vivo, y que le echaba una cucharada más de azúcar al café, porque le apetecía endulzar su vida.

Soñó, que como hiciese lo que hiciese ya llegaba muy tarde al trabajo, dejaba el tren aparcado por un día y cogía el autobús para disfrutar del sol radiante. Soñó que al llegar a la oficina su jefe le echaba la bronca por llegar con retraso, pero que él le respondía diciéndole todas las cosas que se había callado durante tantos años, y que se marchaba de allí dando un portazo, con una sonrisa en la boca.

Soñó, que al haberse marchado del trabajo, tenía casi todo el día libre por delante, y que aún era pronto para largarse a casa a ver las mismas noticias y reirse de los mismos chistes. Soñó entonces que llamaba a Lucía, la única persona que alguna vez había intentado acercarse a él, aunque Arturo, cegado por sus rutinas, nunca lo supo valorar. Soñó que comía con Lucía, y que ella le decía que se alegraba mucho de verle tan cambiado y tan feliz. Soñó que iban juntos a dar una vuelta, y que Lucía lo besaba. Su primer beso.

Soñó, que después de tantos deseos cumplidos, necesitaba volar, volar alto hacia mundos fantásticos en los que gritar que por fin había comprendido lo maravillosa que es la vida.

Y mientras Arturo se precipitaba al vacío, no le importó que por primera vez algo le saliese mal en aquel inolvidable día, y que sus alas no funcionaran, porque no había nada que fuese capaz de empañar su primer sueño feliz. Su único sueño auténtico.

…que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

Reflexiones porteriles. Sobre Amparo, la muerte y el olvido

Amparo es una mujer a la que calculo más de setenta años. Siempre va vestida con bata, incluso cuando sale a la calle. Su aspecto es algo que dejó de preocuparle hace mucho tiempo. Tiene el pelo descuidado y le falta algún diente. Debe ser que cuando tus únicos lugares de paso son el mercado y el estanco donde cada día vas a comprar una cajetilla de tabaco, pierdes la necesidad de prestarle atención a tu imagen. Pese a que su delgadez le haga parecer frágil, todavía se mueve con agilidad, aunque le tiemblan bastante las manos y las pasa canutas cuando quiere encenderse un cigarro.

Seguramente esta descripción podría ajustarse a millones de ancianas en todo el mundo. Esas ancianas a las que casi no presto atención cuando voy por la calle. No sé si a alguien más le ocurrirá lo mismo, pero yo cuando estoy dando una vuelta, o viajando en el Metro, o sentado en un banco, hago de todo menos fijarme en las personas mayores. Es como si tuviese un filtro que los hiciese desaparecer de mi campo de visión. De repente pasan a ser fantasmas que no quieren revelar su presencia a mis ojos. Escucho música, hablo por el móvil, admiro el culo de alguna chica guapa, pero no miro viejos. Así de cruel soy. Supongo que será algo que se me pase con el tiempo.

¿Qué es lo que me ha llevado entonces a fijarme con tanto detalle en Amparo, cuando aparentemente estamos en planetas tan distantes?

Ocurre que a veces, planetas que la mayoría del tiempo se encuentran separados por millones de kilómetros, casi se rozan por un instante, para luego volver a alejarse el uno del otro. Después, tienen que esperar a que las caprichosas órbitas les proporcionen una nueva cita quién sabe cuándo. Pues bien, mi órbita y la de Amparo han tenido uno de esos breves encuentros.

Durante el mes de Agosto he trabajado en una portería en el centro de Madrid, y ella es una de las vecinas del edificio en el que trabajaba. Es un edificio viejo, que huele a viejo, y en el que la mayoría de los vecinos, para no desentonar, también son viejos. Se podría decir que es un lugar en el que parece que el tiempo se detuvo hace cuarenta años.

Por este motivo, cada día he tenido conversaciones con todo tipo de ancianos: abuelitos simpáticos, viejos cascarrabias, viejecitas sonrientes.  Me he visto obligado a descorrer temporalmente esa cortina anti-vejez que llevo siempre conmigo.

Y ha sido este mes, en el momento en el que he abierto mi campo de visión y al fin he OBSERVADO a esas personas que normalmente pasan totalmente desapercibidas ante mí, cuando he descubierto a Amparo.

Amparo es especial, pero para descubrirlo hay que mirarle a los ojos. La primera mañana que la vi, sonrió dándome los buenos días y siguió su camino. Un saludo normal, sin embargo había algo en su sonrisa que no me terminaba de encajar (y no, no eran los dientes que le faltan). Después de un par de días en los que repitió la liturgia de sonrisa, saludo y continuar su camino, me di cuenta que la pieza que no encajaba en el puzzle era su mirada. Había una tristeza infinita en sus ojos. No se puede explicar con palabras, es algo que se percibe cuando tus ojos se clavan en los suyos. Entonces VES la tristeza. Está ahí, y es real y profunda.

Coincidiendo con esta “revelación” de su mirada, Amparo comenzó a tratarme con más confianza, como si fuese consciente de que había descubierto su secreto. Desde entonces empezamos a conversar con cierta frecuencia, cada vez que ella tenía que bajar a la calle a hacer algo. No teníamos las típicas conversaciones en las que el abuelillo intenta llevarte a un terreno en el que poder contarte su vida, sino conversaciones divertidas, con bromas constantes. Y me reía, me reía sinceramente, no para complacer. Y ella también se reía, pero no como los dos primeros días, sino con los ojos acompañando a  su sonrisa.

Creo que me convertí en una vía de escape para ella. Sin embargo nunca quería hablar de sí misma, siempre era ella la que me preguntaba cosas a mí. Mis estudios, mis amoríos, mi familia. Pero poco a poco yo también fui atando cabos aquí y allá sobre su vida, y llegué a la conclusión de que la tristeza de su mirada la ha dibujado la soledad. Una soledad que a mí me mataría.

Amparo vive sola, y no tiene hijos. Desconozco si es viuda, divorciada, o nunca llegó a casarse. Tampoco sé si recibe visitas de algún familiar, pero tengo la intuición de que no. Desde luego en los días que estuve por allí no apareció nadie.

Un día le ayudé a subir unas bolsas de la compra a su casa.  Realmente podía subirlas ella sola, pero a mi me daba la impresión de que sus huesudos brazos podían partirse en cualquier momento, así que insistí y se las subí.

Cuando llegamos a su piso (vive en el 3º), me encontré con una casa sucia y con mal olor. No con basura acumulada ni nada de eso, pero sí con un aspecto de cierto abandono. No podía esperar otra cosa, su casa y ella son dos caras de la misma moneda. Dejé las bolsas en la cocina y rechacé un euro que  me quiso dar por la ayuda. No pude hacer los mismo con un bollo que me ofreció, porque hubiese sido capaz de darme con una barra de pan en la cabeza (realmente me amenazó barra en mano). Me comí el bollo sin rechistar y me marché.

Al sentarme de nuevo en la portería, empecé a reflexionar acerca de Amparo, su mirada, su historia (que desconozco casi por completo), y de cómo su planeta y el mío se acercaron gracias a una cadena de casualidades que no impedirán que vuelvan a alejarse. Probablemente nunca la vuelva a ver. No quiero engañar a nadie con este post. No soy ninguna ONG, ni tengo ningún tipo de motivación altruista que me vaya a hacer regresar por allí para ver cómo se encuentra, ni nada por el estilo.

Pero es precisamente esta convicción de que no la voy a volver a ver, de que la voy a “abandonar”, lo que me hace preguntarme qué será del futuro de Amparo. Probablemente morirá sola dentro de unos pocos años. No tengo ningún sentimiento de culpa por ello, pero sí miedo.

Miedo por lo que ocurrirá cuando yo empiece a ser una persona como ella, de esas a las que ahora no presto atención en el Metro.

La vida es como una serie de televisión en la que al nacer te dan el papel protagonista, que logras mantener con esfuerzo durante algunos años. Pero en un momento dado te das cuenta de que has empezado a aburrir a la audiencia, y que te has convertido en un mero figurante. Sin embargo, tú nunca dejas de ser el protagonista de tu propia historia, y debe doler mucho ver cómo ésta ha dejado de interesar a los demás.

No sé si podré soportar con serenidad la idea de que cuando yo muera, el resto de la humanidad proseguirá su camino sin que sus vidas se alteren lo más mínimo, y sin que yo pueda estar ahí para echarle la bronca a todo el mundo por ello. Y peor aún, no sé si soportaría que esa misma dejadez se produjese cuando todavía esté vivo, y ver con impotencia como no tengo nadie cerca a quien echarle esa bronca.

Puede parecer un punto de vista egocéntrico, pero es que en definitiva, yo soy el centro de mi vida. Hay quien dice que el centro de su vida no es él mismo, sino sus hijos, su mujer, o su perro. Es un engaño, el centro de tu vida eres tú. Todo tu mundo se desarrolla en tu conciencia, y tu conciencia eres TÚ. TU esposa, TUS hijos, TU perro. Todo lo posicionas en relación a ti.

Puede que yo no muera solo, como Amparo. Es probable que durante mi vida forme una familia, que sea muy feliz junto a ellos, y que me vea rodeado de hijos y nietos en mis últimos momentos, pero el resultado será el mismo. Mi conciencia se apagará, y la suya seguirá encendida. Así ha sido siempre, y así seguirá siendo. Es algo inevitable, pero me cuesta resignarme. La muerte todavía me queda grande.

Egoísmo

Me siento bien cuando hago sentirse bien a los demás. Sin embargo, soy consciente de que a veces ayudo a sentirse bien a la gente únicamente por hacerme sentir bien a mí mismo, y no a ellos. Y eso me hace sentir fatal.

Entonces me digo: “Vale, no eres tan malo. Por lo menos te arrepientes”. Pero luego me doy cuenta de que en realidad no estoy arrepintiéndome, sino autocompadeciéndome para seguir sintiéndome bien. Y es en ese preciso momento, cuando puedo mirarme cara a cara y decirme: “Qué cabrón eres”.

Después, escribo una entrada en mi blog para autocompadecerme de nuevo, y volver a decirme: “Vale, no eres tan malo”. Pero no sirve de nada, ahora que tú y yo ya sabemos que soy un cabrón.

Epílogo

Siempre he sido de esa clase de personas que comienzan la casa por el tejado, no lo puedo evitar. Cuando era pequeño, quise ser futbolista antes de tener la fuerza suficiente para levantar el balón del suelo, o escritor antes de saber enlazar apenas dos palabras.
Lógicamente, al poco tiempo me topaba con la realidad de que yo no era Maradona ni Saramago. No tardaba en aparecer entonces la frustración, que se encargaba de dejar mis ilusiones aparcadas en una cuneta. Pocas cosas han cambiado desde entonces. Tengo claro que la constancia, uno de los requisitos más importantes para mantener un blog, no es precisamente una de mis virtudes.
Es por eso que he decidido inaugurar este blog escribiendo su última entrada, aplicándome una especie de “autopsicología inversa”. El objetivo es que con la conciencia tranquila por haberme despedido, no vea como una obligación tener que escribir en él.
Y es que cuando las cosas se hacen por obligación, aunque sea uno mismo el que se obligue, suelen hacerse mal (en el mejor de los casos), o directamente, no hacerse. No quiero ser esclavo de frecuencias de actualización. Escribiré sobre lo que me apetezca y cuando me apetezca, para que siempre que lo haga sea con ilusión y porque disfruto con ello.
Cuando esto acabe nadie podrá decir que no he avisado, pero mientras me duren las ganas de continuar (¿una semana? ¿un mes? ¿un año? ¿toda la vida?), espero que lo que cuente por aquí pueda resultarle mínimamente interesante a alguien. Hasta siempre (y bienvenidos).

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