Sueños
Arturo se levantaba todas las mañanas a las siete en punto, dando siempre el mismo suspiro al apagar el despertador. Una vez reunidas las fuerzas necesarias para salir de la cama, se dirigía hacia el baño, donde cada día sostenía la mirada al rostro inexpresivo que encontraba al otro lado del espejo. Después se duchaba con el agua casi hirviendo, siempre a la misma temperatura. Al salir de la ducha se preparaba un café, al que echaba las dos cucharadas de azúcar estipuladas en la extraña ley que regía su cuadriculado cerebro.
Tras acabarse el café se marchaba a trabajar sin despedirse de nadie, porque no tenía a nadie de quien hacerlo. A las ocho, ni un minuto más ni uno menos, cogía el tren que le llevaba a su oficina en el mismo vagón que el día anterior y el anterior. Su trabajo no había cambiado prácticamente nada desde que llegó a la empresa bastantes años atrás, algo que por supuesto no le suponía ningún problema.
Cuando acababa la jornada laboral volvía de nuevo a casa. Nunca se quedaba a tomar algo con los compañeros o algún amigo, porque eso hubiera supuesto perder el tren que estaba “obligado” a coger. Sus compañeros de trabajo le agradecían este gesto, porque la idea de intimar con Arturo más allá de lo estrictamente necesario, estaba lejos de ser una prioridad para ellos. Sus amigos… ojalá hubiera amigos.
Al llegar a casa se ponía a hacer la cena (siguiendo el menú previsto para ese día de la semana), y cuando terminaba de preparar todo, cenaba viendo el telediario, en el que curiosamente siempre aparecían las mismas noticias. Después de fregar los platos veía otro rato la televisión, riéndose siempre de los mismos chistes.
Reflexiones porteriles. Sobre Amparo, la muerte y el olvido
Amparo es una mujer a la que calculo más de setenta años. Siempre va vestida con bata, incluso cuando sale a la calle. Su aspecto es algo que dejó de preocuparle hace mucho tiempo. Tiene el pelo descuidado y le falta algún diente. Debe ser que cuando tus únicos lugares de paso son el mercado y el estanco donde cada día vas a comprar una cajetilla de tabaco, pierdes la necesidad de prestarle atención a tu imagen. Pese a que su delgadez le haga parecer frágil, todavía se mueve con agilidad, aunque le tiemblan bastante las manos y las pasa canutas cuando quiere encenderse un cigarro.
Seguramente esta descripción podría ajustarse a millones de ancianas en todo el mundo. Esas ancianas a las que casi no presto atención cuando voy por la calle. No sé si a alguien más le ocurrirá lo mismo, pero yo cuando estoy dando una vuelta, o viajando en el Metro, o sentado en un banco, hago de todo menos fijarme en las personas mayores. Es como si tuviese un filtro que los hiciese desaparecer de mi campo de visión. De repente pasan a ser fantasmas que no quieren revelar su presencia a mis ojos. Escucho música, hablo por el móvil, admiro el culo de alguna chica guapa, pero no miro viejos. Así de cruel soy. Supongo que será algo que se me pase con el tiempo.
¿Qué es lo que me ha llevado entonces a fijarme con tanto detalle en Amparo, cuando aparentemente estamos en planetas tan distantes?
Ocurre que a veces, planetas que la mayoría del tiempo se encuentran separados por millones de kilómetros, casi se rozan por un instante, para luego volver a alejarse el uno del otro. Después, tienen que esperar a que las caprichosas órbitas les proporcionen una nueva cita quién sabe cuándo. Pues bien, mi órbita y la de Amparo han tenido uno de esos breves encuentros.
Durante el mes de Agosto he trabajado en una portería en el centro de Madrid, y ella es una de las vecinas del edificio en el que trabajaba. Es un edificio viejo, que huele a viejo, y en el que la mayoría de los vecinos, para no desentonar, también son viejos. Se podría decir que es un lugar en el que parece que el tiempo se detuvo hace cuarenta años.
La música de House M.D.

House es una de mis series preferidas. La he seguido fielmente desde la primera temporada, primero en Cuatro y luego por descargas. Me parece que es la serie actual con mejores diálogos (con el nivel que tienen ahora mismo las series estadounidenses e inglesas eso es decir mucho). Además, el personaje del Dr. House es sencillamente brillante, y sin duda va a pasar a la historia de la televisión.
Aparte de los diálogos y los personajes, uno de los aspectos que más me gusta de la serie es su música, y especialmente las canciones que en muchas ocasiones acompañan las escenas finales de los episodios, y que siempre logran atraparme. Por eso he decidido hacer una recopilación con todos esos temas que han cerrado los capítulos de House a lo largo de sus cinco temporadas. Espero que los disfrutéis tanto como yo.
[Enlace a la lista completa de Spotify con todas las canciones disponibles]
Parece que fue ayer…
…cuando los Reyes eran Magos.
…cuando la felicidad tenía forma de cromo.
…cuando un problema era no hacer los deberes.
…cuando mis padres no tenían defectos.
…cuando jugaba con chapas, no con sentimientos.
…cuando los cuentos eran de Caperucita.
…cuando el amor no tenía postdatas.
…cuando no conocía la melancolía.
…cuando mis amigos no tenían excusas.
…cuando no había roto nunca un plato.
…cuando no existía el pasado, y el futuro era mañana.
…cuando todas mis cartas eran comodines.
…cuando vivir no era una carrera de obstáculos.
Tijeras y lágrimas
Crisis, la puta crisis. Crisis en la televisión, crisis en los periódicos, crisis en nuestra cabeza y en nuestra boca. Crisis y más crisis.
De un tiempo a esta parte es sin duda mi palabra más odiada.
Y entonces mi hermana llega de trabajar. Veo que tiene muy mala cara. Le pregunto si le pasa algo, y me dice que hoy ha tenido que comunicarle su despido a unos quince empleados. Trabaja en el departamento de Recursos Humanos de una empresa bastante grande que se dedica al desarrollo de software, que ha empezado a hacer recortes de personal. Recortes obligados en algunos casos, y aprovechando la coyuntura en muchos otros. Es ella quien tiene que sacar las tijeras para recortar, aunque quienes las manejen sean otros. En el suelo quedan recortes de personas con familias, con deudas, y con un futuro oscuro.
Y mi hermana empieza a llorar. Y yo me cago en la crisis.
Felicidades, Joaquín
Ahora que llegas a tus ciencuenta y diez (cincuenta y nueve dicen que aparentas), ha llegado la hora de darte las gracias por todos los momentos de mi vida en los que me has guiado como fiel camarada. Porque aunque nunca he viajado contigo en viejos trenes que iban hacia el norte, sí que he visitado a menudo la Calle Melancolía, me he tomado unas cañas en la Posada del Fracaso y he dado unas cuantas vueltas por el Bulevar de los Sueños Rotos.
También he tenido una amante que se llama Soledad, me han dado besos de Judas, en la frente, y con sal. He escrito Tratados de Impaciencia y me han robado el mes de Abril.
Pero a pesar de esas duras situaciones, me has enseñado que nunca hay que recurrir a las pastillas para no soñar. Y es que después del fracaso, la soledad y la sal, siempre llega el momento de bailar el Roncarol de los Idiotas y calentarse piel con piel a la orilla de la chimenea. Por eso…
Cuando la muerte venga a visitarte
no seas cabrón y acuérdate de mí
ya no tendré en quien refugiarme
pongamos que hablo de Joaquín.
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(Joaquín Sabina, el genio de Úbeda, cumple hoy 60 años. )
Egoísmo
Me siento bien cuando hago sentirse bien a los demás. Sin embargo, soy consciente de que a veces ayudo a sentirse bien a la gente únicamente por hacerme sentir bien a mí mismo, y no a ellos. Y eso me hace sentir fatal.
Entonces me digo: “Vale, no eres tan malo. Por lo menos te arrepientes”. Pero luego me doy cuenta de que en realidad no estoy arrepintiéndome, sino autocompadeciéndome para seguir sintiéndome bien. Y es en ese preciso momento, cuando puedo mirarme cara a cara y decirme: “Qué cabrón eres”.
Después, escribo una entrada en mi blog para autocompadecerme de nuevo, y volver a decirme: “Vale, no eres tan malo”. Pero no sirve de nada, ahora que tú y yo ya sabemos que soy un cabrón.
Soy
Soy el orgulloso, soy el inseguro. Soy el de los lunes, y el de los viernes. Soy el alma solitaria, y el que teme a la soledad. El de los Beatles y el de los Rolling. Soy el que te besa, el que te odia, el que te quiere, el que no te olvida, el que sigue caminando. Soy el que vuela y el que se estrella. El maduro, el inconsciente. El que se quiere morir, y el que no puede dejar de vivir. Soy todos, y soy ninguno, pero soy yo.