Amparo es una mujer a la que calculo más de setenta años. Siempre va vestida con bata, incluso cuando sale a la calle. Su aspecto es algo que dejó de preocuparle hace mucho tiempo. Tiene el pelo descuidado y le falta algún diente. Debe ser que cuando tus únicos lugares de paso son el mercado y el estanco donde cada día vas a comprar una cajetilla de tabaco, pierdes la necesidad de prestarle atención a tu imagen. Pese a que su delgadez le haga parecer frágil, todavía se mueve con agilidad, aunque le tiemblan bastante las manos y las pasa canutas cuando quiere encenderse un cigarro.
Seguramente esta descripción podría ajustarse a millones de ancianas en todo el mundo. Esas ancianas a las que casi no presto atención cuando voy por la calle. No sé si a alguien más le ocurrirá lo mismo, pero yo cuando estoy dando una vuelta, o viajando en el Metro, o sentado en un banco, hago de todo menos fijarme en las personas mayores. Es como si tuviese un filtro que los hiciese desaparecer de mi campo de visión. De repente pasan a ser fantasmas que no quieren revelar su presencia a mis ojos. Escucho música, hablo por el móvil, admiro el culo de alguna chica guapa, pero no miro viejos. Así de cruel soy. Supongo que será algo que se me pase con el tiempo.
¿Qué es lo que me ha llevado entonces a fijarme con tanto detalle en Amparo, cuando aparentemente estamos en planetas tan distantes?
Ocurre que a veces, planetas que la mayoría del tiempo se encuentran separados por millones de kilómetros, casi se rozan por un instante, para luego volver a alejarse el uno del otro. Después, tienen que esperar a que las caprichosas órbitas les proporcionen una nueva cita quién sabe cuándo. Pues bien, mi órbita y la de Amparo han tenido uno de esos breves encuentros.
Durante el mes de Agosto he trabajado en una portería en el centro de Madrid, y ella es una de las vecinas del edificio en el que trabajaba. Es un edificio viejo, que huele a viejo, y en el que la mayoría de los vecinos, para no desentonar, también son viejos. Se podría decir que es un lugar en el que parece que el tiempo se detuvo hace cuarenta años.
Por este motivo, cada día he tenido conversaciones con todo tipo de ancianos: abuelitos simpáticos, viejos cascarrabias, viejecitas sonrientes. Me he visto obligado a descorrer temporalmente esa cortina anti-vejez que llevo siempre conmigo.
Y ha sido este mes, en el momento en el que he abierto mi campo de visión y al fin he OBSERVADO a esas personas que normalmente pasan totalmente desapercibidas ante mí, cuando he descubierto a Amparo.
Amparo es especial, pero para descubrirlo hay que mirarle a los ojos. La primera mañana que la vi, sonrió dándome los buenos días y siguió su camino. Un saludo normal, sin embargo había algo en su sonrisa que no me terminaba de encajar (y no, no eran los dientes que le faltan). Después de un par de días en los que repitió la liturgia de sonrisa, saludo y continuar su camino, me di cuenta que la pieza que no encajaba en el puzzle era su mirada. Había una tristeza infinita en sus ojos. No se puede explicar con palabras, es algo que se percibe cuando tus ojos se clavan en los suyos. Entonces VES la tristeza. Está ahí, y es real y profunda.
Coincidiendo con esta “revelación” de su mirada, Amparo comenzó a tratarme con más confianza, como si fuese consciente de que había descubierto su secreto. Desde entonces empezamos a conversar con cierta frecuencia, cada vez que ella tenía que bajar a la calle a hacer algo. No teníamos las típicas conversaciones en las que el abuelillo intenta llevarte a un terreno en el que poder contarte su vida, sino conversaciones divertidas, con bromas constantes. Y me reía, me reía sinceramente, no para complacer. Y ella también se reía, pero no como los dos primeros días, sino con los ojos acompañando a su sonrisa.
Creo que me convertí en una vía de escape para ella. Sin embargo nunca quería hablar de sí misma, siempre era ella la que me preguntaba cosas a mí. Mis estudios, mis amoríos, mi familia. Pero poco a poco yo también fui atando cabos aquí y allá sobre su vida, y llegué a la conclusión de que la tristeza de su mirada la ha dibujado la soledad. Una soledad que a mí me mataría.
Amparo vive sola, y no tiene hijos. Desconozco si es viuda, divorciada, o nunca llegó a casarse. Tampoco sé si recibe visitas de algún familiar, pero tengo la intuición de que no. Desde luego en los días que estuve por allí no apareció nadie.
Un día le ayudé a subir unas bolsas de la compra a su casa. Realmente podía subirlas ella sola, pero a mi me daba la impresión de que sus huesudos brazos podían partirse en cualquier momento, así que insistí y se las subí.
Cuando llegamos a su piso (vive en el 3º), me encontré con una casa sucia y con mal olor. No con basura acumulada ni nada de eso, pero sí con un aspecto de cierto abandono. No podía esperar otra cosa, su casa y ella son dos caras de la misma moneda. Dejé las bolsas en la cocina y rechacé un euro que me quiso dar por la ayuda. No pude hacer los mismo con un bollo que me ofreció, porque hubiese sido capaz de darme con una barra de pan en la cabeza (realmente me amenazó barra en mano). Me comí el bollo sin rechistar y me marché.
Al sentarme de nuevo en la portería, empecé a reflexionar acerca de Amparo, su mirada, su historia (que desconozco casi por completo), y de cómo su planeta y el mío se acercaron gracias a una cadena de casualidades que no impedirán que vuelvan a alejarse. Probablemente nunca la vuelva a ver. No quiero engañar a nadie con este post. No soy ninguna ONG, ni tengo ningún tipo de motivación altruista que me vaya a hacer regresar por allí para ver cómo se encuentra, ni nada por el estilo.
Pero es precisamente esta convicción de que no la voy a volver a ver, de que la voy a “abandonar”, lo que me hace preguntarme qué será del futuro de Amparo. Probablemente morirá sola dentro de unos pocos años. No tengo ningún sentimiento de culpa por ello, pero sí miedo.
Miedo por lo que ocurrirá cuando yo empiece a ser una persona como ella, de esas a las que ahora no presto atención en el Metro.
La vida es como una serie de televisión en la que al nacer te dan el papel protagonista, que logras mantener con esfuerzo durante algunos años. Pero en un momento dado te das cuenta de que has empezado a aburrir a la audiencia, y que te has convertido en un mero figurante. Sin embargo, tú nunca dejas de ser el protagonista de tu propia historia, y debe doler mucho ver cómo ésta ha dejado de interesar a los demás.
No sé si podré soportar con serenidad la idea de que cuando yo muera, el resto de la humanidad proseguirá su camino sin que sus vidas se alteren lo más mínimo, y sin que yo pueda estar ahí para echarle la bronca a todo el mundo por ello. Y peor aún, no sé si soportaría que esa misma dejadez se produjese cuando todavía esté vivo, y ver con impotencia como no tengo nadie cerca a quien echarle esa bronca.
Puede parecer un punto de vista egocéntrico, pero es que en definitiva, yo soy el centro de mi vida. Hay quien dice que el centro de su vida no es él mismo, sino sus hijos, su mujer, o su perro. Es un engaño, el centro de tu vida eres tú. Todo tu mundo se desarrolla en tu conciencia, y tu conciencia eres TÚ. TU esposa, TUS hijos, TU perro. Todo lo posicionas en relación a ti.
Puede que yo no muera solo, como Amparo. Es probable que durante mi vida forme una familia, que sea muy feliz junto a ellos, y que me vea rodeado de hijos y nietos en mis últimos momentos, pero el resultado será el mismo. Mi conciencia se apagará, y la suya seguirá encendida. Así ha sido siempre, y así seguirá siendo. Es algo inevitable, pero me cuesta resignarme. La muerte todavía me queda grande.